martes, 19 de octubre de 2010

Publicado por Nymphe en leucosea.blogspot.com

La humedad de la mañana empaqueta mi visión y escupe escenas. La cinta transportadora de la calle me lleva. Ir hacia donde se sabe que no se quiere ir. Ahí ingreso, a esa fábrica de penas y pocas alegrías. Un montón de gente sucia. Y gente fea y desangelados y desesperados. Parados en el mismo punto del universo que yo. Buscando remedios a sus males. Pero yo no estoy ahí y los observo y me siento parte y a la vez afuera, escarbando en la realidad como si investigara algo. Lo único que hay allí son unos ojos de asco y de pena por toda esa miseria a la vuelta, en el banquito, contra las paredes, arriconada a medio dormir, despierta antes que el sol. El lugar es horrible. No puedo parar de pensar que es horrible y que en verdad no hay estética que enmascare a la muerte, a la pus, a la mierda... una mujer con muletas, otra con una mancha roja y enorme en el medio de la cara, estampada; un viejo en una silla de ruedas todo flaco y una mujer que lo lleva hasta la puerta del baño y el viejo se para y apenas camina, apenas se mueve y tiene que entrar solo y se tiene de la pared y parece que se cae y se quiebra; un tipo sucio y loco que arrastra un mate sucio y ríe, solo, entra al baño, se ríe, solo, a carcajadas se ríe y su risa retumba en cada pared, da la vuelta, me busca, grita ¡vivan los laureles! ¡vivan! ¡vivan los laureles! y se ríe, sale del baño, estira el pantalón joggin hasta la cintura y sale caminando-flotando en otra dimensión. Una pareja sale a fumar al patiecito. Hablan, sonríen, se besan. Él le muerde la boca y ella lo mira como si no existiera nada más en el mundo -y no existe-; theymustfucklikerabbits. En el aire queda suspendido el olor a amoníaco que sale del baño inmundo a menos de tres metros de mí. Se me pega en la nariz, en la ropa. Entra un tipo, rápido. Entra otro después. Uno de los dos es el que defeca como si nada. Los ruidos inundan el corredor. El olor también. Me muero del asco, quiero correr. Me busco las muñecas y los puños del suéter desesperada por encontrar rastros de perfume. Apenas un resquicio. Los minutos pasan y pasan. Unos doctorcitos cruzan recién bañados; pienso saladepsicopatologíadepizarnik; una enfermera con unas tetas gigantes que camina bamboleándose; la señora a mi costado habla de la espera, que ella no puede pagar y por eso espera, cuidaba una anciana con arterioesclerosis pero no pudo más por la presión y la columna, el aliento me abofetea, miro para abajo y están sus pies en ojotas, con las uñas sucias; quiero entrar a mi maldita consulta, pienso necesitotrabajoyobrasocialymuertemaquilladaquémeimportaperounasaladeesperamenostraumática. Después vino el rosario de caminos, laberintos, escaleras. Las lágrimas de tantas mujeres colgando de los escalones; tenía que encontrar el laboratorio nada más y terminé ante la puerta de la morgue, petrificada, paralizada y rápido, media vuelta, escaleras arriba, pronto, salir, afuera, aire y nada más veo pasillos y puertas y mediquitos y gente fea.

Cuando alcancé la vereda la humedad de la mañana me devolvió a la calle aturdida. Odio los hospitales.

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